Antes no ocupábamos nada para ser felices, nomás salir a la calle y ya se armaba. No había celulares, ni wifi, ni nada de eso… lo que había era barrio, compas y ganas de pasarla bien. La tierra era nuestro mundo, ahí hacíamos todo: pistas, guerras, escondites, hasta comida de mentiras que para uno era lo más chingón.
Te ensuciabas sin miedo, las manos llenas de tierra, la ropa toda manchada, pero bien feliz. Nadie estaba pensando en cómo se veía, ni en subir historias… uno estaba ocupado viviendo de verdad. Si te caías, te levantabas como si nada, te limpiabas con la misma tierra y a seguirle, porque lo importante era no salirse del juego.
El tiempo rendía más, o al menos así se sentía. Salías en la tarde y cuando menos pensabas ya era de noche, pero bien aprovechado. Los gritos de tu jefa eran el único “aviso” de que ya era hora de meterse. Y uno todavía decía “ya voy” mientras jugaba otra ronda más, porque esas cosas no se dejaban a medias.
Antes la calle era de nosotros, no de los carros ni del miedo. Con cualquier cosa te divertías: una piedra, una botella, un palo… todo se convertía en algo. No ocupábamos mucho, porque teníamos lo más importante: imaginación y tiempo.
Ahora todo es más fácil, pero también más vacío. Los morros ya no saben lo que es jugar de verdad, ensuciarse sin que importe, llegar cansado pero feliz. Todo es pantalla, todo es rápido, todo es desechable… ya casi nadie se queda con esos momentos que antes se sentían eternos.
Y es que antes no éramos ricos, pero tampoco nos faltaba nada. Porque lo que teníamos no se compraba: era barrio, era libertad, era infancia de la buena… de la que sí deja marca.